“Lo obsceno sos vos, pibe” o Pasolini, el aguafiestas

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Hernán Sassi y Juan Pablo Liefeld preparan en Red Editorial el lanzamiento de dos obras de Pier Paolo Pasolini. En este texto Hernán Sassi traza una fisonomía del rebelde inapresable siquiera como «rebelde». El narrador, el cineasta, el poeta, el ensayista, el aguafiestas… Pasolini fue uno de los últimos intelectuales totales.


 

por Hernán Sassi*

 

Soy una fuerza del pasado. / Solo en la tradición está mi amor. / Vengo de las ruinas, de las iglesias / de los retablos, de los pueblos / abandonados en lo Apeninos o los Prealpes / donde han vivido los hermanos. / Doy vueltas por la Tusculana como un loco, / por la Apia como un perro sin amo. / O miro los crepúsculos, las mañanas / sobre roma, sobre Ciociaria, sobre el mundo, / como los primeros años de la Protohistoria, / a los que asisto, por privilegios de la edad, / desde el último extremo de cualquier época / sepultada. Monstruoso es quien ha nacido / de las vísceras de una mujer muerta. / Y yo, feto adulto, vago / más moderno que cualquier moderno / buscando hermanos que ya no están.
Pasolini, “Poesías mundanas”, en Poesía en forma de rosa (1962)

 

Cristiano, marxista, homosexual, Pasolini fue muchas cosas, menos un moralista. Con armas distintas a las de Sciascia, a quien admiraba pero tenía por hombre de un limitado “moralismo cívico”; con un estilo antitético al de Calvino, ese ciudadano del mundo o italiano For Export perdido en laberintos borgeanos como su antecesor, Papini; a diferencia de uno, otro y otro, con radical heterodoxia Pasolini, ese hombre “más moderno que cualquier moderno”, batalló contra lo obsceno que anida en toda buena conciencia, esa pulcritud bien pagada.

A contrapelo de una efervescencia juvenil que ve la revolución “a la vuelta de la esquina”, desde inicios de los ´60 Pasolini advierte que acontece una tragedia cultural irreversible, una metamorfosis que, “como toda metamorfosis, tiene algo de canto del cisne”[1] y es una mutación de la cual también son responsables los jóvenes que se autoerigen como contracultura y salvación, él dirá.

El narrador

Como narrador, Pasolini no habló de muchas más cosas que de las que golpean a los cuerpos indóciles que retrató en Muchachos de la calle (1955), Una vida violenta (1959)e Historias de la Ciudad de Dios (1950-1966). Son jóvenes del suburbio, hijos de obreros o de la escoria social, el sub-proletariado.

Como su admirado Dante, como su coetáneo Gadda, rastrilla en el habla popular y rinde tributo a la lengua del otro porque, por un lado, sabe, ontológicamente, que es gracias a ella que hablamos; y por otro, porque sabe también que los dialectos –esa voz del otro presente en cada cultura– están en peligro y él, “buscando hermanos que ya no están”, no se va a quedar con los brazos cruzados.

Como narrador, toma la lengua como antropólogo. No del que estudia sino del que rescata. Quiere salvar lo que nos sostiene, no solo la lengua, también los mitos.

Barridos de los suburbios por el triunfo del capitalismo en la posguerra, mitos arcaicos y dialectos campesinos quedan como reservorio en el Tercer Mundo, cuna de una liberación de “los condenados de la tierra” por entonces.

Hacia allí van sus pasos y sus fatigas para que lo sagrado no se pierda, para que las lenguas sigan siendo del otro y no del Amo.

Bandas de sonido y locaciones en Edipo Rey (1967) y Medea (1969) atestiguan qué queda de lo arcaico. En Cercano y Lejano Oriente vislumbra algún resto de lo sagrado, alguna esperanza de liberación, incluso. Apuntes para una Oristíada africana (1971) es un testimonio. Apuntes para un film sobre Palestina (1964) otroHombre de trilogías, proyectó un tercero, Apuntes para un film sobre la India (1968) del cual queda también un libro, El olor de la India (1962).

A Pasolini le pesa la desmitificación que sobreviene bajo una “mutación antropológica” que va más allá de la desacralización del mundo conocida. Él llama “neo-capitalismo” a la “cancelación del pasado”, a esa “revolución triunfante de derecha” que impuso realmente “el hombre nuevo”; así llama a esa obscenidad celebrada, sobre todo por quienes la critican.

Petróleo (1992), novela inacabada que es también reescritura del Satyricon, refleja lo obsceno del neo-capitalismo. En ella advierte sobre “la nueva época que está a punto de estropear por toda la eternidad las viejas ciudades y las viejas campiñas”.[2]

La tribu no tiene voz si no hay voces. Hay reemplazo del dialecto (toscano, piamontés, friulano; los conoce, los quiere y ve cómo, al igual que “sus hermanos”, uno a uno se van perdiendo) a manos de una lengua franca sin ripio ni doblez, una infra-lengua (sin resonancia de la “presencia física”, dirá) que archiva el léxico de la tribu e impone la omisión de todo mito fundante de un subproletariado que “olvida la lengua materna”, como advierte Pasolini, ese “monstruo […] nacido de las vísceras de una madre muerta” a quien le preocupan los hijos de los proletarios que pierden al unísono habla y fe, y en algunos casos, enarbolan una “contracultura” que no es sino, él cree, el mejor modo de sostener el nuevo Amo.

Lo obsceno es el desierto simbólico que queda con esa lengua práctica que se ofrece transparente y efectiva; una “lengua técnica”, la llama, que no es otra que la lengua de los negocios, esa que ha colonizado el habla política de derecha y de izquierda hasta el día de hoy.

Pero lo obsceno no es una pérdida que él ve inexorable. Es que a nadie le importe; sobre todo, a quienes dicen luchar contra el sistema.

 

El cineasta

Como cineasta, a Pasolini le parecía obscena la estetización del neorrealismo, al que conocía desde adentro, y al que rechazaba por aspirar asentarse como dogma fílmico de las clases desposeídas. Accattone (1961) y Mamá Roma (1962)serán su contracara, su Yo acuso.

Sus “muchachos” eran distintos a los beatificados por el neorrealismo. Los suyos, andan en pandilla y se van de putas, chupan de lo loco y se cagan a trompadas, se putean los unos a los otros y hasta chorean a los mendigos.[3] Como Buñuel en Los olvidados (1950), Pasolini reflejó ese carácter “monstruoso” en Accattone, así como lo había reflejado literariamente en Muchachos de la calle, donde escribe que:

El Riccetto esperó a que no pasara nadie, se acercó al ciego, echó mano al dinero de la gorra y salió al escape. En cuanto se encontraron en lugar seguro, se pusieron a contar el dinero, al pie de un farol: eran casi quinientas liras”.[4]

Diferencias de concepción y registro al margen, Pasolini ve que ese subproletariado es mansamente coopatdo por la cultura de masas triunfante, un nuevo hedonismo “con el cual el poder real sustituye todo otro valor moral del pasado”, ese que “impone el paraíso de la comodidad y el bienestar, […] el de una tolerancia-modelo de tipo americano”. Constata, con pesar, que «los subproletarios se han aburguesado”.[5] No nos es extemporáneo lo que dice cuando los desclasados actuales, según nos mostró un director afín a Pasolini como es César González en Diagnóstico esperanza (2013), solo quieren “altas llantas” y un buen celu.

Filma Saló o los 120 días de Sodoma (1975), su denuncia de un neo-fascismo “de la comodidad y del bienestar”, ese nuevo totalitarismo moralizante que deja a la antigua alianza entre Capital e Iglesia –la del fascismo– y a la vieja burguesía “paleo-industrial” como “nenes de pecho”.

Al igual que Sade, reivindica el sexo como una práctica no asimilable a ningún poder. Entre otras cosas, a eso apuntaba su Trilogía de la vida de la cual abjuró por una estetización en la que él mismo había caído,[6] pero de la que se redime precisamente con Saló.[7] Como Sade, a quien lo hermana el haber sido hijo de un noble empobrecido, y más aún, la infinidad de procesos por obscenidad y corrupción que padeció por ser menos un perverso que un aguafiestas, denuncia que lo obsceno es el régimen imperante y todos aquellos que lo sostienen, sobre todo, quienes dicen combatirlo.

 

El ensayista

Estamos hartos de convertirnos en jóvenes serios.
o contentos a la fuerza, o criminales, o neuróticos:
queremos reír, ser inocentes, esperar
algo de la vida, preguntar, ignorar.
Pasolini “Apostillas en versos”, en Cartas luteranas (1976)

Escritos corsarios, El caos (1975) y Cartas luteranas (1976),son compilaciones de artículos periodísticos escritos para Il Corrierer della Sera, L´ExpressoIl Mondo, Tempo, entre otros medios en los que colaboraba este furioso semiólogo de la Trastevere, este vocero maldito de mensajes que nadie quiere escuchar.

Bien como reseñas de libros, bien como polémicas con personajes públicos (desde el Papa a un legislador, desde el editor de un diario a un escritor consagrado), en forma de cartas o de meros panfletos, cualquier género le sirve para denunciar un poder “tecnocrático” que “impide concebir otra ideología más que la del consumo”, un nuevo capitalismo que establece una falsa tolerancia y muestra una sociedad «que nunca ha sido en realidad tan intolerante con los pobres, las mujeres, los feos, los enfermos y los homosexuales»; un capitalismo “al cual le es indiferente que se crea en Dios, en la Patria o en la Familia [porque] ha creado su propio mito autónomo: el Bienestar”.[8]

Salvo para alguna noche de sexo suburbano, Pasolini no tiene adoración por los jóvenes. Todo lo contario. Como se verá, a los que no “espera[n] algo de la vida, [ni] pregunta[n] e ignora[n]”, y están llenos de certezas y de petulancia, él los enfrenta.

 

El poeta

Muchacho del rostro honesto
y puritano, también tú, de la infancia,
tienes además de la pureza, la abyección.
Pasolini, “El sueño de la razón”, 1964.

Cuando ejercía la docencia, en plena posguerra, fue acusado de corrupción de menores. Tiempo después, lo echaron del partido comunista italiano por abuso sexual, también de un joven.

Aunque fuera señalado por los guardianes de la educación o de un partido, desde hacía años respetaba a los jóvenes –¡las pruebas, Su Señoría, están en su obra!–, tanto de los suburbios, a los que prefería, como a los hijos de clase media, a los que desafiaba.

Según la leyenda, Pasolini estaba filmando en Milán Teorema (1968), película homónima en base a un texto suyo.

Al grito de “¡Poder estudiantil!” y “¡Fuera la policía de la universidad!”, un nutrido grupo de estudiantes choca con la policía antidisturbios en las puertas de la Facultad de Arquitectura de Roma. La escena, que duró unas horas, no fue muy distinta a la que se reitera en los últimos años en Santiago de Chile: piedrazos de un lado, camiones militares del otro; estudiantes en estado de movilización en una vereda y una sociedad hipócritamente sorprendida en la otra.

A algunos jóvenes en particular, a los que encarnan el “izquierdismo como enfermedad verbal del marxismo”,[9] Pasolini les escribe:

Los odio, queridos estudiantes / Ahora los periodistas de todo el mundo (incluidos los de la televisión) / les lamen el culo. Yo no, queridos / Tienen cara de hijos de papá. / Los odio como a sus padres. Buena raza no miente. Tienen la misma mirada hostil. Son asustadizos, inseguros, desesperados / (¡estupendo!) pero también sabés ser / prepotentes, chantajistas, seguros, descarados: / prerrogativas pequeñoburguesas, queridos. / Cuando ayer en Valle Giulia se pelearon con policías / ¡Yo simpatizaba con los policías! / Porque los policías son hijos de pobres. / Vienen de periferias, ya sean campesinas o urbanas. […] En Valle Giulia ayer se produjo un episodio / de lucha de clases: y ustedes, queridos (si bien estaban del lado / de la razón), eran los ricos.”[10]

A diferencia de Marcuse, Foucault y el mismísimo Sartre, que los acompañaban; y casi como Adorno, que había llamado a la policía para desalojar una dependencia que él dirigía tomada por estudiantes revoltosos que protestaban en la Universidad de Berlín por esos mismos años; Pasolini se enfrentó a esos jóvenes. No frecuentaba a Adolfo Bécquer, pero parafraseándolo, y aggiornándolo, bien podría haberles dicho a esos “hijos de papá: “Lo obsceno sos vos, pibe”.

Se los diría porque lo había escrito. Lo hizo con estas palabras:

 “Concluyo amargamente. Las máscaras repugnantes que los jóvenes se colocan sobre el rostro [se refiere al “lenguaje de los cabellos largos” de esos jóvenes que protestan], tornándose obscenos como las viejas prostitutas de una iconografía absurda, recrean objetivamente sobre sus fisonomías lo que solamente ellos han condenado siempre. Han aparecido las viejas caras de los curas, de los jueces, de los funcionarios, de los falsos anarquistas, de los siervos bufones de los mercenarios, de los tramposos, de los hampones bienpensantes”.[11]

Ahora bien, esas palabras pueden sonar a reproche de viejo carcamán. Ese sayo le puede caber a Adorno, que aferrado a la vanguardia dodecafónica bien entrado el Siglo XX, no aceptaba que el rock, entre otras manifestaciones, era una expresión de rebeldía genuina. Pero no le caben a Pasolini, que siempre puso el cuerpo contra todo orden opresor, ya el económico-social, ya cultural, ya el moral.

Como sea, aquellos jóvenes del Mayo del 68, los de “¡Prohibido prohibir!”, quedaron como emblema del inconformismo y de la actitud anti-sistema, pero también como los moralistas que, al preferir embestir contra la superestructura ideológica, e incluso ponerse de espaldas a la clase trabajadora, no discutían “las condiciones materiales de existencia”.[12]

Cabe preguntarse sobre esta deriva que embarga a la tradición de izquierda hasta nuestros días. Porque si hay algo que ocurre con la obra de Pasolini, es que es rabiosamente actual. La crisis de proyectos alternativos al capitalismo sigue siendo la misma que en el tiempo en que escribía Pasolini. Por eso es también rabiosamente actual, insisto.

Hace unos meses nomás Christian Ferrer advertía que el inconformismo moralizante no es buen consejero. El autor de La amargura metódica (2014) cuenta que:

Cuando yo era chico, el moralismo venía de los adultos. Esto es, de facciones conservadoras de la sociedad encarnadas en instituciones o personas que te moralizaban. Te moralizaba la maestra, el preceptor, la inspectora, la directora, los padres, los vecinos, la tía, la santurrona del barrio. Todos desde un conservadurismo de adultos.

Ahora yo percibo que hay jóvenes que moralizan a jóvenes. Ningún discurso de liberación es bueno si se acompaña sólo con moralismo”.

Ni aquellos jóvenes del Mayo del 68 ni los que sostienen el progresismo “de izquierda” de estos años ponen en duda la lógica del consumo y un hedonismo cada día más obsceno. Aunque despotricaban contra el sistema, los jóvenes del Mayo francés sostenían los ideales del “desarrollo” y el “progreso”; eso cree Pasolini.

Como aquéllos, los jóvenes (y no tan jóvenes) del progresismo de izquierda de principios de este siglo, que tienen enfrente al neoliberalismo, nuevo nombre del “neo-capitalismo” del que hablaba Pasolini, siguen hablando de “desarrollo” y “progreso”. Eligen, repito, eligen, hablar de “inclusión”, “empatía” y de “luchas por las minorías” para dejar atrás la lucha de clases, o dicho de otro modo, la oposición entre capital y trabajo.

Ni aquéllos hablaban ni éstos hablan de una justicia por el que luchaba Pasolini y también esa “fuerza del pasado”, el “hecho maldito del país burgués”, me permito agregar, ese que, a tono con el triunfo neoliberal, ya no pelea por la justicia social.

 

El aguafiestas

A Pasolini, “los que cortan el bacalao” lo tenían como a alguien más que “un bufón sin corte”, como lo llamaba él a Gombrowicz. Pero, al igual que el autor de Ferdydurke, Pasolini era un aguafiestas. Lo era para cristianos y comunistas, para el círculo intelectual y el mundillo cinematográfico. Era su función. Su fatalidad.

No se pegó un tiro como César Pavese. Murió apaleado por algunos “Ragazzi di vita” –o “muchachos de la calle”, como se tradujo aquel título– que le gritaban “sucio, comunista y maricón”. Murió a manos de “fuerzas oscuras de la derecha con anuencia cobarde de la izquierda”.[13]

¿Qué esperaba? ¿A quién le gustan los aguafiestas? ¿A quién los herejes que hacen ver que nuestro “mundo feliz” no es otra cosa más que pura obscenidad?

Pero, eso sí, muerto el perro no se acaba la rabia. Quedan sus filmes –entre ellos, La rabia (1963), precisamente, sus poemas y un inconformismo que no es mera rebeldía, sino acicate para pensar quién es el puto amo y quién es realmente el obsceno en este lío.

* Profesor y Doctor en Letras (UBA). Es docente en la Universidad Nacional de Avellaneda y en el Instituto Superior de Formación Docente N° 1 de Avellaneda. Fue docente de la Maestría en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad (UBA), el Profesorado Joaquín V González y en la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Publicó numerosas reseñas y artículos sobre cine, literatura y actualidad, entre otras revistas, en Lezama, Hecho en Buenos Aires, Crisis, Pensamiento de los confinesEl ojo mocho, En ciernesEpistolarias, entre otras. Autor de Cambiemos o la banalidad del bien (Red Editorial, 2019) y El nuevo cine murió. Conversaciones (Red Editorial, en prensa). En la colección Nuevo Cine Argentino de la editorial Pic Nic contrabandeó Hoteles. Estudio crítico (2007) sobre film de Aldo Paparella.


[1] Marx, Karl. “Carta al padre” (1837), en Marx, Karl. Llamando a las puertas de la revolución. Antología, Penguin, 2017.

[2] Pasolini, Pier Paolo. Petróleo, Barcelona, Seix Barral, 1993.

[3] El habla arrabalera de estas líneas es la que habita en su narrativa y en su poesía.

[4] Pasolini, Pier Paolo. Muchachos de la calle, Barcelona, Planeta, 1973.

[5] Ambas citas de Escritos corsarios, al igual que todas las que no tengan mención en el artículo.

[6] “Yo mismo me estoy adaptando a la degradación y estoy aceptando lo inaceptable. Estoy olvidando cómo eran antes las cosas. Los amados rostros de ayer empiezan a amarillear. Ante mí –implacable, sin alternativas–el presente. Y readapto mi compromiso para una mayor inteligibilidad “¿Saló?)”, escribe en “Abjuración de la Trilogía de la vida”, en: Pasolini, P. P. Cartas luteranas. Valladolid, Trotta, 1997.

[7] En éste, su último film, “problematiza el lugar del espectador y el de la película misma como “espectáculo”. Sobre todo, en la escena final de las torturas donde somos puestos en el sitio del voyeur con ellas.  […] Hay en ese gesto una denuncia del lugar del cine, del espectador de cine, como consumidor, y del espectáculo que hace el cine de lo intolerable”. Ricagno, Alejandro. “Sobre Saló y la Abjuración de la Trilogía de la vida”, en: Kohen, Néstor – Russo, Sebastián (Comps.). Las luciérnagas y la noche. Reflexiones en torno a Pasolini. Bs As, Ediciones Godot, 2013: 102.

[8] Pasolini, P. P. El caos. Contra el terror, Barcelona, Grijalbo, 1981.

[9] Pasolini, P. P. “El discurso de los cabellos”, en Escritos corsarios.

[10] “El PCI a los jóvenes”, publicado en L´Expresso en marzo de 1968.

[11]  Pasolini, P. P. “El discurso de los cabellos”, en Escritos corsarios.

[12] Al respecto, ver Erriguel, Adriano. Pensar lo que más les duele. Ensayos metapolíticos, Madrid, Homo Legens, 2020.

[13] Acosta, Mónica. “Para una ideología herética. Una política de las formas en El Decamerón de Pier Paolo Pasolini”, en Kohen, Héctor – Russo, Sebastián (Comps.). Las luciérnagas y la noche. Reflexiones en torno a Pasolini. Bs As, Ediciones Godot, 2013: 54.