Una semana suspendida de la historia* // Sebastián Stavisky

publicado en: 90 Intervenciones | 0

*Prólogo del libro Pesadilla, diario de lucha de la semana trágica escrito en 1929 por Pinie Wald. Su reedición por el sello 90 Intervenciones fue coordinada por Eugenia Galeano, Nicolás Grandi y Ariel Pennisi. Corrección de Verónica Bergner y Eduardo Marun.

Sacro fuego volcánico

“Puede amarse una ciudad, pueden reconocerse sus casas y sus calles en los más remotos y entrañables recuerdos; pero sólo a la hora de la revuelta la ciudad se siente verdaderamente como la propia ciudad…” La cita pertenece al libro Spartakus de Furio Jesi, quien sigue los rastros de los sucesos ocurridos en la Alemania de enero de 1919 para dar con una serie de consideraciones generales del fenómeno de la revuelta. Por aquellos días, Buenos Aires vivía también la que posiblemente haya sido la mayor revuelta en su historia. El conflicto había comenzado el 2 de diciembre del ’18, cuando los más de dos mil obreros de la Compañía Argentina de Hierros y Aceros Pedro Vasena e Hijos Ltda., organizados en la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos –afiliada a la FORA anarquista del V Congreso–, se declararon en huelga en reclamo de la jornada de ocho horas, aumento de salarios, pago de horas extras, supresión del trabajo a destajo y reincorporación de despedidos. Algunos días antes, durante el mes de noviembre, los integrantes del Comité Nacional de la Juventud –muchos de los cuales conformarían poco después la Liga Patriótica Argentina– habían encabezado los festejos por la victoria de los aliados en la Primera Guerra Mundial; una manifestación de treinta mil personas había sido convocada por la Federación Obrera Rusa de Sudamérica para explicar el programa maximalista soviético; y los anarquistas se habían enfrentado a la policía en las inmediaciones de la Embajada de Chile, donde habían movilizado para reclamar por la libertad de Simón Radowitzky, recientemente fugado de la cárcel de Ushuaia con la ayuda de Apolinario Barrera, ambos vueltos a apresar. En Los anarco-bolcheviques rioplatenses, Andreas Doeswijk refiere a este último hecho como el momento inaugural del trienio rojo, entre cuyos episodios más sangrientos, además de la revuelta del ’19, se cuentan las huelgas de la Patagonia y de La Forestal.

Lo que se dio a conocer como la semana trágica –nombre con que la crónica fotográfica de la revista Caras y Caretas del 18 de enero bautizó los sucesos– comenzó el día 7 del mismo mes alrededor de las barracas de la casa Vasena en las calles Pepirí y Santo Domingo, barrio de Nueva Pompeya. Según un informe de los Metalúrgicos Unidos, cerca de las 15:30 horas, los huelguistas trataron de convencer a los crumiros que conducían los carros de la empresa “del mal que hacían a los obreros que luchaban por mejoras”. Convencer es estéril, diría Walter Benjamin y constatarían los crumiros, quienes abrieron fuego contra los huelguistas siendo pronto secundados por la policía, ansiosa de vengar la muerte de un cabo producida cerca de allí tres días antes. Además de varios heridos, el saldo del enfrentamiento fue de cinco muertos: Toribio Barrios, de 50 años de edad, Santiago Gómez, de 32, Juan Fiorini, de 18, Miguel Britos, de 42, y Eduardo Basualdo, de 46. Todos eran trabajadores y vecinos del barrio, ninguno de ellos desempeñaba tareas en la casa Vasena. En la portada del día siguiente del periódico La Protesta se leía: “Debemos prepararnos para el derramamiento de sangre.” Sin embargo, la frase no remitía a lo ocurrido en Pompeya, sino que pertenecía a Karl Liebknecht, y hacía referencia al levantamiento espartaquista que estaba teniendo lugar en Alemania. Respecto al conflicto en la empresa metalúrgica, el periódico tomó nota en su tercera página, en un artículo que se lamentaba de que el pueblo no hubiera reaccionado aún a la masacre. Para cerrar, el articulista clamó por la dinamita vindicadora: “Los responsables de esta matanza horrible no pueden tener derecho a la vida.” En un tono similar, Francisco García sostuvo en otra nota del periódico: “El antro de los Vasena debe ser purificado por el sacro fuego volcánico, revolucionario de la época, y si ellos se oponen, que se fundan en las mismas fraguas donde se fundieron tantas energías y tantas vidas proletarias.” En la noche de ese día, la FORA V llamó a la huelga general, mientras que la FORA sindicalista del IX Congreso, escindida de la primera en 1915, lo haría recién a la noche del día siguiente.

En la mañana del 9 de enero, en distintas calles de la ciudad los huelguistas comenzaron a levantar adoquines, derribaron e incendiaron carros y tranvías y alzaron barricadas. Una multitud se congregó en el local de los Metalúrgicos Unidos, en Amancio Alcorta 3483, para partir desde allí, en cortejo fúnebre encabezado por mujeres, al entierro de los muertos del día 7. Otros se reunieron alrededor de la planta que los hermanos Vasena tenían en el barrio de San Cristóbal, en las calles Cochabamba y Urquiza, donde actualmente se encuentra la plaza Martín Fierro y que, en mayo de 2018, colectivos feministas intervinieron con el nombre de China Iron. Al pasar por allí el cortejo, se produjeron algunos de los primeros y más violentos enfrentamientos del día entre trabajadores y guardias de la patronal, muchos de ellos afiliados a la Asociación Nacional del Trabajo, fundada algunos meses antes en la sede de la Bolsa de Comercio. Acudieron también a plegarse a la represión tropas de las fuerzas armadas y de seguridad, entre quienes varios autores refieren se encontraba un joven teniente de nombre Juan Domingo. En un acto de la Unión Obrera Metalúrgica realizado en 1948 en la misma plaza Martín Fierro, el entonces ya presidente dijo haber aprendido de los sucesos de enero del ’19 “que un soldado argentino, a menos que sea un criminal, no podrá jamás tirar contra su pueblo”. Mientras tanto, tras un enfrentamiento con bomberos, manifestantes que esperaban el paso del cortejo fúnebre asaltaron una armería e irrumpieron en la iglesia Jesús Sacramentado y el colegio Casa de Jesús ubicados en Corrientes y Yatay, barrio de Almagro. En una carta dirigida al arzobispo, el monseñor Santiago M. Ussher relató el acto de saqueo, destrucción e incendio que sufrieron las instalaciones eclesiásticas: “Los muebles y enseres de otras dependencias del colegio, armarios, roperos, colchones, frazadas, ropa de cama, vestuario de las niñas, útiles de clase, todo fue revuelto, y en gran parte destrozado, robado o arrojado por las ventanas a las fogatas de la calle. Dará una idea del ensañamiento con que procedían el hecho de arrojar un pesado piano por la ventana a la calle donde fue quemado, mientras que dentro de la casa dos más fueron pasto del fuego y otro destrozado a martillazos” (en Horacio Silva, Días rojos, verano negro). Cerca de las 18 horas, el cortejo llegó al cementerio de la Chacarita, donde un escuadrón de policía aguardaba a los deudos. En el lugar se encontraba Salvadora Medina Onrubia acompañada por su hijo Carlos Natalio, a quien había llevado para que aprendiera en qué consistía la lucha social. Dispuesta a proferir un discurso de despedida a los caídos, Salvadora había tomado altura subida a los ataúdes amontonados que aguardaban a un costado de las fosas. Cuando los cosacos abrieron fuego, Sebastían Marotta, dirigente de la FORA IX, salvó su vida arrojándola junto a él a una fosa abierta. Los ataúdes quedaron sin sepultar junto a, por lo menos, tres personas más asesinadas entre las tumbas. Por la noche, a sabiendas de que la oscuridad es el mejor refugio para quienes toman parte de una revuelta, niños de los barrios populares se dedicaron a apedrear faroles y focos del alumbrado público. Para Estanislao Zeballos, uno de los principales promotores de la campaña contra los ranqueles, aquello era una prueba del fracaso del sistema de educación.

El primer presidente electo por la Ley del año 1912, Hipólito Yrigoyen, ordenó la intervención del ejército y cedió el control del conflicto al General Luis Dellepiane junto a las fuerzas de Campo de Mayo. A policías, bomberos y militares se sumaron jóvenes de la aristocracia porteña alistados en el Comité Nacional de la Juventud, quienes pocos días después se darían el nombre con que quedarían grabados en la larga historia de la para-estatalidad local: Liga Patriótica Argentina. Entre sus principales promotores, haciendo de vórtice del triángulo represivo conformado por el partido de gobierno, la guardia civil y la patronal, se encontraba Leopoldo Melo, senador radical y abogado de los hermanos Vasena. Armados de fusiles máuser y revólveres colt, los futuros integrantes de la Liga Patriótica partieron con brazalete de la bandera argentina desde el Centro Naval a la caza de los insurrectos. A pesar de extenderse a varias ciudades del país, la revuelta fue declinando de manera inversamente proporcional al aumento de la represión. El 11 de enero por la tarde, tras una reunión en la Casa Rosada con el presidente Yrigoyen y el empresario Vasena, la FORA IX dio por finalizada la huelga y recomendó a los obreros la vuelta al trabajo. Pocos tomaron la recomendación tan rápidamente. Los metalúrgicos de la Compañía Argentina de Hierros y Aceros, quienes no habían sido convocados a la reunión, levantarían la huelga dos días más tarde, luego de recibir el compromiso firmado por la patronal de que cumpliría con sus demandas, a las que se sumaba la libertad de todos los presos de aquellas jornadas. Por su parte, la FORA V, sin obtener la aprobación de su reclamo por la libertad de Radowitzky y Barrera, lo haría el 14 de enero. Para el día 15, todo parecía haber vuelto a la normalidad. Sin embargo, la ciudad no volvería a ser la misma.

En Literatura y anarquismo en Argentina, Pablo Ansolabehere sostiene que el gran acontecimiento de la semana trágica es que Buenos Aires se transformó en otra ciudad. Durante aquellos días, las barricadas en las calles no interrumpieron la circulación, sino que la alteraron, trazaron nuevos recorridos y dispusieron nuevas formas de desplazamiento. Los huelguistas transformaron el movimiento propio de las grandes ciudades de principios del siglo XX en un movimiento propio de la revuelta. Las diferencias en las formas de movilidad, correlato de las diferencias de clase, sufrieron una súbita igualación: ahora todos debían trasladarse a pie. Varias crónicas de la época prestaron testimonio de esta inusitada alteración de la urbe. La edición de Caras y Caretasdel 18 de enero aludió a las dificultades que sus periodistas gráficos tuvieron para acercarse a los lugares de los hechos. “Dado el estado de anormalidad para conseguirse medios de locomoción”, tuvieron que realizar “enormes caminatas, dignas de campeones de pedestrismo”, exponiendo sus vidas y herramientas de trabajo en una huelga sangrienta cuyas imágenes les recordaban a las noticias que llegaban de la Primera Gran Guerra. Al cuarto día de la huelga, el militante anarquista F. Ricard realizó junto a un amigo afiliado al Partido Socialista un recorrido por la ciudad cuya crónica publicó en el periódico La Protesta. En su relato, el espanto y la muerte, el olor a pólvora y la sangre corriendo por el empedrado, se entremezclaban con la alegría de niños bailando alrededor de una hoguera encendida en medio de la calle para quemar la basura que se había acumulado por la interrupción del servicio de recolección. Al pasar por la comisaria 26º, Ricard y su amigo fueron detenidos y requisados por efectivos de la policía, quienes bajo amenaza de fusil les ordenaron seguir caminando con los brazos en alto. “Parecíamos, en la tarde llena de sol y de misterio –esos días de huelga, la ciudad ofrecía un aspecto de terrible misterio– dos bonzos extraños practicando un rito absurdo y cómico.” Y no sólo el espacio público fue escenario de una insospechada mutación, también las casas, que a Ricard se le “figuraban panteones lúgubres”, sufrieron los efectos de la revuelta. En Historia de un ideal vivido por una mujer, Juana Rouco Buela, quien también asistió al malogrado entierro en la Chacarita, recordó la clandestinidad que tuvo que adoptar y las mudanzas a las que se vio empujada durante aquellos días para evitar ser capturada por la policía que había allanado su domicilio. Algo de esas prácticas que en el verano del ’19 trastocaron la ciudad habían llegado, si no para quedarse, sí para repetirse, pero nunca bajo el género de comedia: las tragedias insisten.

Elementos extraños

En un artículo publicado en 1972, David Rock refiere que la huelga de enero del ’19 consistió en una acción espontánea y desorganizada producida por un fuerte sentimiento de indignación, una descarga de emoción masiva que ningún partido o federación de trabajadores supo comandar. Ni siquiera los anarquistas, para quienes muchos de ellos la espontaneidad era el único principio programático que pudieran aceptar como patrón de conducta para sus vidas y sus luchas. Es posible que, precisamente por esto, tampoco hayan pretendido asumir el rol de timoneles de la revuelta. Recuperando las palabras de Rosa Luxemburgo –quien sería asesinada y arrojada a un canal en Berlín el mismo día que en Buenos Aires el grueso de los trabajadores retomaron sus tareas–, podría decirse que tampoco en la semana trágica “el movimiento fue producido a partir de un centro, según un plan previamente concebido: se desencadenó en diversos puntos por motivos diversos y bajo diferentes formas, para luego confluir”. Claro que, de todas maneras, el nivel de confluencia de las distintas fuerzas desplegadas de este lado del charco fue, cuanto menos, relativo. En ello radicaba la distinción que un editorialista anónimo de La Protesta(cuya posible autoría Doeswijk atribuye a Emilio López Arango) creyó pertinente realizar ante una crítica hecha desde Uruguay por un compañero anarquista que esgrimía que el periódico se había mostrado un tanto tibio durante los conflictos. Con fecha del 20 de febrero de 1919, el artículo lamentaba que se confundieran los términos revuelta y revolución, y argumentaba que lo sucedido en Buenos Aires, lejos de presentar los caracteres de una situación revolucionaria, había consistido más bien en “una huelga general violenta, un motín popular si se quiere, que debía ir languideciendo a medida que transcurrieran los días sin recibir el concurso de fuerzas capaces de ponerse frente al Estado y operar un cambio de opinión en la mayoría indiferente.” Más adelante, espetaba al crítico a distancia que, si para él aquello efectivamente se asemejaba a una revolución, “era su deber intervenir y encauzar las fuerzas dispersas, y más que todo, convencer a los que tenían en su poder los fusiles y ametralladoras que sembraron el terror entre el pueblo”.

La represión desplegada durante aquellas jornadas de enero por las fuerzas militares, policiales y civiles no fue desatada con igual intensidad sobre el conjunto de la población trabajadora, sino que estuvo dirigida sobre objetivos específicos a los que la prensa comercial, parlamentarios conservadores y radicales, pero también dirigentes socialistas y de la FORA IX bautizaron con el nombre de “elementos extraños”. Esta conjunción heterogénea de intereses dispuestos a detectar, aislar y acabar con la peste de la violencia venida desde abajo pone de manifiesto que, a diferencia de lo ocurrido con los huelguistas, la reacción del movimiento patriótico –sostiene David Rock– fue expresión de un conjunto de sentimientos compartidos altamente desarrollados desde antes del estallido. En la referida edición de la revista Caras y Caretas se buscó distinguir a los justos reclamos de los trabajadores decentes de ese “elemento sin patria”, “ese elemento extraño que viene a nuestra tierra a provocar conflictos sangrientos, […] gentes que en su mismo país son considerados indeseables”. De manera similar, el periódico oficialista La Época, recordando la supuesta simpatía del Ejecutivo por los sectores proletarios, sostuvo que la violencia era “provocada y dirigida por elementos anarquistas, sin disciplina social, extranjeros a las verdaderas organizaciones de los trabajadores”. Esta caracterización de los anarquistas como agentes infiltrados en las organizaciones obreras estaba fundamentada en declaraciones hechas no por funcionarios de gobierno, tampoco por dirigentes del Comité Nacional de la Juventud, sino por integrantes de las cúpulas del Partido Socialista y de la FORA IX, quienes, a fuerza de delación, buscaron limpiarse la mugre que enchastra a todo aquel que, de un modo u otro, haga parte de una revuelta. Por la noche del 10 de enero, el Comité Ejecutivo del PS emitió un comunicado en el que lamentaba “la desnaturalización que ha sufrido un sacrosanto movimiento de protesta obrera por la intromisión de factores extraños a la organización regular y normal de nuestros gremios”. Al día siguiente, antes de entrevistarse con Yrigoyen y dar por concluida la huelga, una comisión de la FORA IX entregó una carta al general Dellepiane en la que declaraba que la organización firmante “sólo se solidariza con la acción propia de la clase obrera, rechazando toda responsabilidad por actos como el asalto al Correo y al Departamento de Policía, hechos con intervención de elementos extraños” (en Edgardo Bilsky, La semana trágica). Para vergüenza de los sindicalistas, poco más tarde se sabría que los referidos asaltos –así como otros presuntamente producidos sobre comisarías, según relató el comisario José Romariz, partícipe en la represión que prestó testimonio de lo vivido en un libro publicado en 1952–, no habían sido tales, sino un enfrentamiento entre los propios agentes desconcertados de las fuerzas de seguridad. Aún así, la carta dio argumentos para que la prensa deslindara al PS y a la FORA IX de toda responsabilidad en los actos de violencia, y señaló a la resistencia anarquista como el blanco sobre el que debían apuntar los mausers de la represión. Desde la Cámara de Diputados, el conservador Luis Agote exculpó al PS de cualquier desorden que pudieran provocar esos “elementos extraños” compuestos por ácratas y maximalistas, y clamó, en defensa de la patria, por el concurso de “todo ciudadano que tenga en sus venas sangre argentina” (en Julio Godio, La semana trágica).

Como dejaba en claro la intervención parlamentaria de Agote, no fueron los anarquistas las únicas víctimas propiciatorias de la violencia destinada a restablecer el orden. También aquellos en quienes encarnó el temor de los sectores propietarios de que la revolución bolchevique cruce el Océano Atlántico como alguna vez lo habían hecho las ideas avanzadas de libertad sin condiciones: los migrantes de origen ruso y judío del barrio del Once. Así como los gobiernos son incapaces de lidiar con lo ingobernable, ante la imposibilidad de comprender la dinámica espontánea de los fenómenos de masa, la reacción se dio la tarea de buscar conspiraciones a las que reducir la revuelta. Según se dio a conocer a través de la prensa, el jefe de policía de la ciudad de Montevideo habría recibido una carta en la que un anónimo le informaba de la preparación, por parte de conspiradores rusos, de un golpe de Estado en ambas orillas del Río de la Plata. El supuesto complot maximalista fue asumido como verdad por las fuerzas represivas, quienes rápidamente asociaron revolucionario a ruso y ruso a judío, y se lanzaron a la persecución, detención, tortura, violación y asesinato de migrantes semitas. Como sostiene Daniel Lvovich en Nacionalismo y antisemitismo en la Argentina, más allá de los intereses que puedan abrigar los difusores de noticias falsas, el que se hayan tomado por verdaderas respondió a la sedimentación de un miedo a la revolución combinado con un sentimiento antisemita que llevaba tiempo propagándose. Si no se quiere reproducir la obstinada búsqueda de complots, sean del color que fueren, cabría reconocer que, antes que un simple pretexto para la represión, la huelga general violenta posiblemente también haya desencadenado en los sectores propietarios un estallido de carácter emocional. Así como la razón, tampoco las emociones, y entre ellas el miedo, son propiedad exclusiva de las víctimas. “El miedo entra en la casa del pobre tanto como en la casa del rico, en la del rico tanto como en la del pobre”, concluyó la millonaria estadounidense, sufragista y mecenas de Marcel Duchamp, Katherine Dreier, quien por entonces se encontraba junto a su patrocinado en Buenos Aires y asistió a la inesperada revuelta como “un rayo que cayera de los cielos” (Cinco meses en la Argentina desde el punto de vista de una mujer).

En su contribución al libro Buenos Aires Idish, Leonardo Senkman relata que no fue en 1919 –como suele referirse–, sino en torno a los festejos del Centenario que se produjo el primer pogrom de la región. Tras ser deportados veintisiete anarquistas rusos acusados de complicidad en el atentado de Radowitzky contra Ramón Falcón y su secretario Juan Lartigau, jóvenes universitarios organizados en la Policía Civil Auxiliadora –suerte de ensayo preliminar de lo que sería la Liga Patriótica Argentina–, y bajo las órdenes del mismo Luis Dellepiane –entonces jefe de la policía de Buenos Aires–, asaltaron locales del barrio del Once, violaron mujeres, incendiaron la Biblioteca Rusa y destruyeron la sede del Avangard, periódico en idioma idish del Bund socialista. Entre los dirigentes del Bund y editores del periódico se encontraba un joven nacido en Polonia el 15 de julio de 1886. Por aquel entonces, Polonia pertenecía al Imperio Ruso, aunque el joven, de nombre Pinie Wald, no se reconocía perteneciente a ningún Estado: ni el polaco, ni el ruso, ni el argentino, país en que se había nacionalizado tras arribar en 1906. Cuando le preguntaban por su nacionalidad, simplemente respondía: “soy judío”. Nueve años después de aquel primer pogrom, el 10 de enero del ’19, mientras caminaba con su compañera Rosa Weinstein por Corrientes y Pueyrredón, ambos fueron detenidos por un oficial del ejército y conducidos a la comisaría 7º. Wald sería torturado, dado por muerto y acusado de ser el presidente del soviet del Río de la Plata. El abogado defensor que intervino para que el día 17 le concedieran la excarcelación fue un tal Federico Pinedo, abuelo del actual senador nacional del PRO.

En su crónica escrita para La Protesta, Ricard narró una visita al barrio del Once, donde presenció junto a su amigo un tiroteo que dejó un tendal de muertos y heridos en la calle. “Pisábamos sangre por todas partes; aquello era horrible, infernal, extraordinariamente bárbaro.” Entre los testimonios más conocidos del pogrom, se encuentra el relato que hizo en Al filo de medio siglo el médico Juan Carulla, militante anarquista que, tras participar en la Primera Guerra Mundial a favor de los aliados, abrazó el movimiento nacionalista monárquico, impulsó el golpe de Estado de 1930 y se jactó de ser quien introdujo en el país la cachiporra, que él mismo mandó a fabricar para enfrentar a radicales y comunistas tras la caída de Yrigoyen. También tomó nota de lo sucedido en el Once el escritor bohemio y anarquizante Juan José de Soiza Reilly, quien en las páginas de la Revista Popular reprodujo relatos de niñas que habían sido torturadas y violadas por jóvenes que portaban la bandera argentina. Algunos de estos jóvenes fueron los autores de un manifiesto con el que empapelaron las paredes de Buenos Aires. En él responsabilizaban a los judíos “de las desgracias que hoy día están sangrando al pueblo argentino y envileciendo a la nación […] Caiga, pues, sobre los judíos la execración pública, y que el gobierno, cumpliendo su deber, libre a la nación de ese contagio y de esa peste” (en Lvovich).

Existen diversas y muy desiguales cifras acerca de la cantidad de muertos que dejó la semana trágica. El comisario Romariz refirió entre 60 y 65 víctimas fatales, de las cuales cuatro pertenecían a las fuerzas de seguridad. En su edición del 23 de enero, La Protestainformó 700 muertes. Por su parte, la diplomacia de Estados Unidos –refiere Bilsky– dio la cifra de 1356 muertos. Además, la prensa comercial comentó el caso de, al menos, 55 personas desaparecidas. “Incluso nosotros fuimos obligados a hacer caso de sus muertos, dado que quienes hacían a nuestra comodidad se rehusaron a trabajar” –confesó la millonaria Katherine Dreier, quien manifestó simpatías por aquellos que habían dejado de servirle. Una vez finalizada la huelga, el diputado radical Horacio Oyhanarte llamó desde el Congreso a dar “un voto de aplauso, un voto argentino, un voto macho a los conscriptos, a los vigilantes y a los bomberos y a todos los guardianes armados del orden y de la tranquilidad pública” (en Godio). Mientras tanto, los anarquistas organizaron un comité pro-víctimas y, con su firme espíritu iconoclasta, se opusieron al proyecto de construcción de un monumento a los caídos de enero.

(No) Ficciones

El mismo día que se produjo la masacre alrededor de las barracas de la casa Vasena, el Palace Theatre de Buenos Aires exhibió el film Juan sin ropa, opera prima de la compañía Quiroga-Benoît Film. La película fue dirigida por Georges Benoît, escrita por el anarquista José González Castillo –uno de los creadores de la Universidad Popular de Boedo–, y contó con la actuación de Camila Quiroga, fundadora, en marzo de ese año de 1919, de la Asociación Argentina de Actores. Inspirado en la famosa leyenda del payador Santos Vega, el film es considerado el primero en retratar problemáticas obreras en el país. Narra la historia de un hombre que vive en el campo y recibe la invitación del dueño de un frigorífico para ir a trabajar a la ciudad bajo sus órdenes. Al poco tiempo de tomar el puesto, se desata una huelga que es reprimida por la policía, tras lo cual el joven decide volver a su tierra. “El asunto tiene un carácter netamente nacional y refleja muchos aspectos permanentes de nuestra vida, como los de la pasajera actualidad”, informó el 7 de enero el diario La Razón (en Beatriz Seibel, Crónicas de la semana trágica). Los azares de la historia harían de la película una suerte de docuficción: a partir de ella, cierto imaginario recordaría la semana trágica como una revuelta producida a raíz de una huelga no en una empresa metalúrgica, sino en un frigorífico.

Los días del 7 al 14 de enero del ’19 posiblemente sean la semana de la historia argentina a la que la literatura dedicó mayor cantidad de obras. Quien primero buscó, a través de la ficción, extender algunos de los pliegues que componen el mundo de la semana trágica fue Arturo Cancela con Una semana de holgorio, publicada a poco menos de un mes de los sucesos en los folletines de La Novela Semanal. Escrita a modo de diario, cuenta la historia de un joven que vive en la zona norte de la ciudad de Buenos Aires y, tras ser arrestado creyéndolo un conspirador maximalista, aprende que, cuando un agente de seguridad lo detenga, lo primero que debe decir es: Yo, argentino. La obra fue leída y recomendada por los editores de La Protesta como un gran acierto literario y una perspicaz e irónica crítica contra la represión. Cerca de un año más tarde, La Novela Semanal volvería a publicar una obra alusiva a los hechos. Se trató de La Venus del arrabal y su autor fue Belisario Roldán, quien eligió como protagonista a una mujer que se debate por el amor de tres hombres: un aristócrata nacionalista, el dueño de un almacén de barrio, y un cerrajero anarquista. En este caso, el triunfador es el anarquista, quien a diferencia del nacionalista no mira “el mundo a través de una bandera, que es un símbolo, […] él lo miraba a través del corazón, que es un órgano…”

En 1966, David Viñas publicó su novela En la semana trágica, en la que unos jóvenes temerosos de que los rusos se metan en sus casas y violen a sus mujeres, deciden salir primero a su encuentro. Dos décadas después, Adolfio Bioy Casares tomaría la huelga del ’19 como escenario en que transcurre su cuento Noúmeno. Lo propio haría Andrés Rivera al cumplirse los ochenta años de la revuelta con su novela El profundo sur y, para el noventa aniversario, Mauricio Kartún estrenaría su obra Ala de criados. En esta ocasión, el escenario no es Buenos Aires, sino el balneario de Mar del Plata, donde, luego de experimentar sentimientos ambiguos en su primera relación sexual con un cazador de palomas, Tatana descubre que “el amor es un atentado ácrata”. Resulta llamativo que ninguno de los autores haya elegido para sus protagonistas a partícipes de la huelga. Por el contario, en su gran mayoría son figuras de la aristocracia quienes desempeñan los papeles principales. Tal pareciera que la historia de quien tomó parte activamente de una revuelta, tanto como la de quien fue víctima de una violencia que sólo el Estado puede ejercer, sólo es capaz de ser contada por quien vivió la experiencia. Es éste el caso de Pesadilla, crónica novelada en la que Pinie Wald narra, con cierto tono paródico, sus propios sufrimientos a lo largo de los días en que estuvo preso. Escrita en idish, la lengua materna y popular de su autor, tal vez la única con la que es posible prestar testimonio de las humillaciones a las que fue sometido, la novela fue publicada por primera vez en 1929 con el título de Koshmar, y su primera versión en castellano data recién de 1987. Lejos de cualquier gesto de resentimiento, Pesadilla es una crónica del miedo, del que hace que los hombres sean capaces de cometer las peores torturas, y del que se enfrenta con la vitalidad de quien resiste a la muerte.

Nota publicada en Lobo Suelto, http://lobosuelto.com/?p=22630&fbclid=IwAR2eQELwOUdVB5p-ar1dQwUuGkq8EFSspm1zAG4CKJlGdMzZjzYq8HD0jDE

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